UN REFLEJO INCÓMODO

Son comunes las referencias sobre el auge de partidos políticos y sus representantes, cuya ideología denota estar alineada a posiciones extremas dentro del espectro político; sin embargo, una aproximación a la realidad histórica permite verificar que este no es un fenómeno de reciente aparición, sino que, por el contrario, ha estado presente en todas las sociedades.

A medida que el absolutismo, caracterizado por la omnipotencia de un monarca que definiría el devenir del resto de miembros de un determinado territorio, ha sido reemplazado al menos en gran parte por la democracia, la humanidad ha logrado importantes avances en cuanto al valor de la sociedad civil, en quienes radica la soberanía popular y que a través de elecciones libres y con fundamento en la división y limitación del poder, legitimarán al poder político, para la toma de decisiones.

A pesar de lo expuesto, contamos con decenas de ejemplos en que la democracia ha sido viciada por fenómenos como el populismo y elementos como la intimidación o el fraude, ocasionando que la polarización política se apodere de los espacios de poder y que la tiranía de la mayoría catapulte a gobiernos autócratas, encabezados por personajes infames cuyos complejos de superioridad y sed de poder, han ocasionado la vulneración sistemática de los derechos inherentes a cada individuo.

Para acercarnos a la causa de este problema cabe mencionar que gran parte de la estrategia política está basada en la manipulación y la distracción social; entonces, los políticos emplean estos medios a través de discursos que hacen aflorar los juicios más viscerales del electorado promedio, para que los votantes renuncien a la toma de decisiones racionales y se dejen llevar por impulsos emocionales que implican intolerancia y rivalidad.

Por una parte, los votantes renuncian a su libertad a cambio de intervencionismo, en la búsqueda por soluciones fáciles a sus problemas, dejándose llevar por aquellos que ofrecen planteamientos demagógicos para problemas que otros no pudieron arreglar, este hecho, que encuadra perfectamente en el paternalismo, deviene en una cuadrilla de seguidores tenaces, que ven al estado como un jefe de hogar al que se debe proteger a toda costa, pues representa su única garantía de sustento.

Por otra, la estructura de la organización social en que la identidad está profundamente ligada con la pertenencia al grupo y genera apego emocional con las costumbres así como el enfrentamiento y desconfianza externa, provocan que grupos conservadores se aprovechen para ganar influencia a partir de supuestos valores tradicionales basados en fundamentos nacionalistas, comunitarios o religiosos, que incitan a la formación de partidarios vehementes quienes son incapaces de aceptar respetuosamente formas de vida distintas a la suya.

Esta fuerte carga emocional involucra un vínculo personal que implica el rechazo rotundo de cualquier matiz ideológico, entonces el sentido común es reemplazado por posiciones rígidas que dejan sin lugar al diálogo discursivo.

En consecuencia, por incómodo que resulte reconocerlo, los extremos triunfan en las elecciones porque encarnan el vivo reflejo de la hipocresía, prejuicios y manías de sus votantes, ocasionando que sufraguemos en favor de candidatos que proponen emprender una lucha implacable contra aquello que no nos gusta, nos provoca miedo o envidia. Entonces, los electores caemos en una posición tan peligrosa como radical en la que solamente lo que para nosotros está bien, es digno de respeto y fomento.

Ahora bien, con respecto a las críticas de quienes sostienen que ubicarse en el centro es un vicio que demuestra debilidad o falta de principios, cabe recordar que los terroríficos ejemplos del siglo pasado, que perduran indelebles en nuestra memoria y han estado caracterizados por la muerte y miseria de millones de personas, han sido consecuencia de los extremos ideológicos. Por consiguiente, es necesario empezar a entender a la política lejos de los viejos y distorsionados paradigmas incapaces de tomar en cuenta otras posiciones más que izquierda o derecha.

Finalmente, el fortalecimiento del centro político empieza como una tarea personal, entendiendo que el ser humano es el eje de toda acción y razón política, y comprometiéndonos, en nuestra calidad de ciudadanos, a un acercamiento más crítico en los asuntos de interés público, atado a valores como la transparencia y la honestidad.

En cuanto a los distintos actores políticos, este fortalecimiento implica una dualidad. Primero, contrarrestar el fracaso de los gobiernos que han sido incapaces de establecer políticas de estado incluyentes y que puedan planearse más allá de una gestión; es decir, proyectos a largo plazo y que cuenten con los recursos necesarios para ejecutarse, con amplia participación.

Segundo, evitar imponer valores particulares o discursos nocivos y separatistas, a través de la promoción de un equilibrio que considere la pluralidad de opiniones y la coexistencia del bien común con la realización individual, que reconozca y proteja los derechos esenciales a la vida, libertad y propiedad, en el marco de la autonomía, voluntarismo y cooperación pacífica, bajo un sistema limitado, para que de esta manera, nadie esté por encima de la ley y todos sean iguales ante ella.

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