ECUADOR: LA FRAGILIDAD DE LA MEMORIA

En la noche del sábado 19 de enero, en la ciudad de Ibarra, ubicada en el norte de Ecuador, un hombre de nacionalidad venezolana asesinó de varias puñaladas a una mujer ecuatoriana que se encontraba embarazada, ante la mirada perpleja de decenas ciudadanos que se encontraban en los alrededores y la inacción de los policías que pretendían mediar la situación.

Al día siguiente de los hechos, la ciudadanía se organizó para realizar una movilización en rechazo a la presencia de ciudadanos venezolanos en Ibarra, misma que terminó con una ola de violencia y la persecución de hombres, mujeres y niños venezolanos quienes fueron víctimas de agresiones físicas y vulneraciones en contra de su propiedad privada.

Los videos que circulan en redes sociales muestran a turbas enfurecidas romper puertas y ventanas de los lugares donde habitaban ciudadanos venezolanos, obligándolos a desalojar mientras repetían insultos y lanzaban golpes que causaban graves heridas al tiempo que quemaban sus pertenencias en medio de las calles.

La xenofobia desatada en las últimas semanas está presente en el país desde hace tiempo, como muestra vergonzosa de una sociedad que todavía guarda rezagos de comportamientos violentos e intolerantes; y, especialmente, que parece haber olvidado la crisis humanitaria que Ecuador vivió hace dos décadas.

Entre 1998 y 2000, el Ecuador enfrentó una cruenta crisis económica que desencadenó en varias consecuencias como la migración masiva de ecuatorianos debido a la falta de empleo. Según estadísticas del Censo de Población y Vivienda llevado a cabo en el año 2001, Venezuela fue el cuarto país de destino de migrantes ecuatorianos después de España, Estados Unidos e Italia. Estos resultados son similares a las referencias sobre la primera ola migratoria sucedida en el país durante la década de los setenta y cuyos destinos principales fueron Estados Unidos y Venezuela.

Ahora las cosas han cambiado y si bien la situación del Ecuador no es la mejor, se ha convertido en el tercer país de la región receptor de venezolanos con alrededor de más de doscientos cincuenta mil migrantes.

Es indignante evidenciar esa fragilidad de la memoria que acecha a algunos compatriotas quienes olvidando las dificultades que como país hemos debido enfrentar y que en medio de una crisis que no resulta tan alejada, muchos de nosotros hemos visto a nuestras familias partir en búsqueda de un futuro más próspero. Más indignante todavía, es darnos cuenta que el cometimiento de un delito imperdonable actúa como detonante para provocar la colérica furia de una porción de la población, capaz de juzgar a todos los nacionales de un país en que sus habitantes se encuentran desesperados y huyen de la miseria y muerte que su gobierno ha provocado, por los actos de unos cuantos individuos que en Ecuador o cualquier lugar del mundo seguirán siendo malhechores, independientemente de su nacionalidad.

El asesinato cometido en Ecuador y los actos de odio que sufrieron los ciudadanos venezolanos en el país, son crímenes reprochables pero que deben empujarnos a la realidad: nuestro enfrentamiento no es contra una u otra nacionalidad, es un enfrentamiento contra la violencia estructural, esa que aqueja contra todos, sin importar géneros o nacionalidades, es una lucha contra la gente mala que desea imponerse sobre otra, contra la intolerancia y contra la impunidad.

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